Crítica: Les dones sàvies – El Maldà

Nota: 10 sobre 10

Les dones sàvies, en el Maldà, es una adaptación de la obra de Molière. Una adaptación muy oportuna porque trata temas lingüísticos en medio de la polémica creada por el IEC al suprimir acentos diacríticos y eliminar guiones o reponerlos en algunas expresiones, y otros cambios que pretenden facilitar las cosas a las personas.. Pompeu Fabra y su gramática están muy presentes en un montaje que denuncia la pedantería fatua y vacía, el lenguaje pretendidamente culto, los iconos culturales con pies de barro, las estrellas emergentes de la comunicación sin más mérito que un buen vocabulario con mucho brillo y poco fondo.

Y también critica a sus seguidores. Aquellos que se apuntan al personaje más llamativo del momento, para estar bajo su aura, y disfrutar de ella. En aquella época se hacían tertulias en las casas… ahora se siguen tertulianos por televisión. En algunas cosas, tampoco hemos cambiado tanto ¿no?

Una obra de teatro que se centra en la filología para provocar risas hilarantes y situaciones repletas de comedia

Enriqueta quiere casarse. Ella sabe que nunca será una mujer sabia “sóc totxa”, le dice a su madre. Una madre fan de la gramática y de la ortografía, del vocabulario correcto y de las expresiones bien construidas. También pulula por la casa su tía, una diva de la filología, que sabe mucho de ortografía y gramática pero nada de gramática parda. La madre de Enriqueta es capaz de distinguir entre coloquialismos y lenguaje correcto, pero es incapaz de distinguir entre las personas que la quieren de verdad y las que la quieren por interés.

Un padre calzonazos, que ni sabe ni se atreve a poner orden en su familia. Completan el grupo Armanda, hermana de Enriqueta, lúcida e inteligente y con un punto de rebeldía; Conill, el pedante pretendiente de Enriqueta (o de su fortuna), un hombre lleno de palabras pero vacio de conocimientos; y Clitandre, el amante de Enriqueta, un hombre sin pretensiones, terrenal y muy sencillo, al que le aterrorizan las mujeres sabias de la familia de su amada… y una cridada de pueblo, que habla como se hacía antes en algunos lugares, con un vocabulario y expresiones muy peculiares y muy vivas, llenas de sentido y sentimiento. Una criada que, al final, resuelve todos los conflictos… aunque sea el padre el que se cuelga la medalla…

Ricard Farré y Enric Cambray interpretan a todos los personajes. Con ligeros cambios de vestuario, postura corporal, tono de voz, dicción, gestos… y desaparece Enriqueta para que aparezca su padre, o el pedante Conill… o la madre se convierte en la criada.

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Los cambios de vestuario, hechos de forma ágil y rápida; los cambios de escena, con un biombo que tiene varios usos; la iluminación… todo está muy estudiado para que el ritmo de la obra sea frenético y no dé un momento de respiro. El público reía con ganas y, cuando no reía, tenía una sonrisa en la cara muy amplia.

En Les dones sàvies las referencias filológicas son constantes, y se utilizan para reírse de los que utilizan un tipo de lengua como bandera… como si la lengua no fuese viva y variada. Y también sirve para reírse de la pedantería pasada y actual, de los que se otorgan el título de persona culta y refinada… y del público que les sigue sin cuestionarse nada..

Ricard Farré y Enric Cambray realizan un trabajo extraordinario en escena. Incansables, pasan de un personaje a otro y hacen que la historia fluya con muy buen ritmo. El contraste entre los diferentes personajes hace que el humor, muy corrosivo, sea aún más evidente.

En El Maldà, Les dones sàvies nos dan un baño de humildad, nos hacen mirarnos en un espejo y nos hacen preguntarnos a quién nos parecemos más: Ricard Farré y Enric Cambray nos presentan a unos cuantos personajes que son menos superficiales de lo que parece. Al final, de una manera o de otra, todos tienen su momento estelar bajo los focos y su momento de humildad y ¡también! de humillación…

Y, para acabar, no os perdáis el cuadro 5 x 10. Un manual del buen tertuliano que os salvará en más de una ocasión.

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Nicolas Larruy

M'agrada el teatre. Sempre m'ha agradat. El teatre em fa pensar, em remou les entranyes, em commou, em fa riure, em fa plorar, em fa enrabiar... i té la màgia del directe. Sempre és diferent, únic, irrepetible.

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