Crítica: Shakespeare en Berlín

Nota: 9.5 sobre 10

En Shakespere en Berlín, en el teatre Gaudí, durante un periodo de 20 años, tres amigos ven como su amistad va cambiando bajo la influencia del entorno en el que viven: la Alemania nazi.

Leo y Martín son amigos desde la infancia. Ahora, adultos, siguen caminos con diferente éxito. Leo es un actor de teatro muy aplaudido, Martín se dedica a la fotografía pero no tiene tanta suerte. En lo que sí ha tenido suerte es en su matrimonio. Se ha casado con Elsa, una joven que fue alumna suya en la facultad, bella, segura de si misma, ambiciosa y muy optimista respecto a su futuro.

Shakespeare en Berlín es un texto muy bien escrito que nos muestra la fragilidad de nuestras convicciones y de nuestros ideales

La obra empieza el 27 de febrero de 1933. Leo va a celebrar con sus amigos su nuevo triunfo teatral. La conversación habla sobre la crisis económica (“El horizonte no es muy esperanzador”), sobre su amistad de tantos años, sobre las tendencias sexuales de Leo, que es homosexual, de los nazis (“La gente no va a entregar el gobierno a esos energúmenos” comenta Elsa), de Shakespeare y Schiller, del teatro (“los actores solo somos putas al servicio de quien mejor paga”, se ríe Leo)… y hasta se menciona que es judío. Detalle que sorprende a Elsa, que lo desconocía. “Nunca me habías dicho que Leo era judío – ¿Es eso importante?”. La velada se trunca abruptamente. El incendio intencionado del Reichstag, el Parlamento Alemán, atribuido a los comunistas, trunca una noche de teatro y diversión.

El segundo encuentro tiene lugar el 9 de noviembre de 1938. Elsa ha sido aceptada en un rodaje de Leni Riefenstah. Y gracias a esto, también Martín encontrará trabajo en su pasión: la fotografía. Para Leo todo es propaganda nazi. Para sus amigos, es cine. Y el cine también tiene valor documental. Leo está empezando a sufrir las leyes antisemitas. Martín y Elsa creen que exagera. “En cuanto a ti, no te va a pasar nada… nosotros no lo permitiríamos”, asegura Elsa. “Solo son unos cuantos radicales descontrolados […] No somos un pueblo ignorante”, le dice Elsa a Leo, evocando las grandes figuras culturales que han nacido en Alemania. Pero esa noche Leo tiene que huir hacia su casa. Es la Noche de los Cristales Rotos.

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El siguiente encuentro tiene lugar el 8 de diciembre de 1941, en pleno avance nazi en Europa. Leo viene a pedir ayuda a sus amigos. Vive escondido en la tienda de unos conocidos. Han deportado a su familia. Tiene miedo. Pero sus amigos se muestran reticentes. Su trabajo en el cine nazi les ha colocado en una situación magnífica, tanto a nivel económico como social. Y son padres de un niño. “Creo que seguir a Hitler te está contagiando”, le dice Leo a Martín, con preocupación. Elsa y Martin tienen que elegir entre su nueva situación (“Hoy en día, la reputación es lo único que cuenta en Alemania”, dice Elsa) y ayudar a su amigo. Elsa utiliza el discurso nazi para justificar sus actos. “No podemos incumplir la ley… tenemos un hijo pequeño, un trabajo, una vida…”… las protestas de Leo solo acrecientan el malestar. “Que te jodan, judío de mierda” explota Martín. Leo se va, angustiado y triste. Sabe lo que le espera.

01/10/1946. La guerra ha terminado. Martín y Elsa se encuentran con Leo en el salón de su casa. Ha venido para testificar en los juicios de Nüremberg. Martin cojea por una herida de guerra. Leo les habla de Buchenwald “me pareció increíble estar ahí y seguir vivo”. De cómo Shakespeare le salvó la vida. Les recuerda el lema del campo de concentración “A cada uno, lo suyo”. Martín y Elsa intentan explicarse “nosotros solo tratábamos de sobrevivir… no sabíamos nada… no podíamos hacer nada…” Pero Leo lo tiene claro “yo no te habría dejado solo, ni a Elsa, ni a tu hijo”. Elsa continúa con su discurso antisemita “sois diferentes” y Leo responde “¿y eso lo justifica todo?”. Y parafrasea a Shakespeare “Si nos pinchan, ¿acaso no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿acaso no reímos?, si nos gasean ¿acaso no morimos?”.

“Ahora en Alemania todos quieren olvidar, pero yo tengo un tatuaje que no me lo permite”.

Un final sorprendente cierra una obra con un broche de oro. “A cada uno, lo suyo”

El montaje está hecho con mucha delicadeza. El horror nos llega a través de las palabras de Leo y de sus citas continuas a Shakespeare. La manipulación nos llega a través de Elsa y Martín. Una pantalla nos va situando en los diferentes momentos de Berlín a través de proyecciones en blanco y negro, y nos muestra también el trabajo de Martín, La fachada de la casa de Martín y Elsa evoluciona al mismo tiempo que la guerra. Y un álter ego de Leo nos habla desde Argentina, recordando aquellos años. “A cada uno, lo suyo”.

El vestuario y la caracterización son excelentes. Las modas y la situación económica se reflejan en cada personaje y en cada momento de la historia. Aunque a veces son pequeños detalles, la obra crece con una caracterización bien hecha y un vestuario muy cuidado.

El escenario, breve, representa un pequeño salón berlinés, tipo años 30, con un sofá que es el punto focal de la escena. La iluminación y la ambientación musical y sonora acaban de darle el tono definitivo.

Juan Carlos Garés (Martín), Iria Márquez (Elsa) y Chema Cardeña (Leo) interpretan de forma soberbia a sus personajes. Vemos su evolución en esos 20 años. Les vemos muy cerca en la primera escena y les vemos alejados en la última. Vemos como el nazismo influye en la vida de todos.

Un montaje que estuvo muy pocos días en Barcelona y que debería volver para una temporada más larga, porque es un montaje excelente.

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Nicolas Larruy

M'agrada el teatre. Sempre m'ha agradat. El teatre em fa pensar, em remou les entranyes, em commou, em fa riure, em fa plorar, em fa enrabiar... i té la màgia del directe. Sempre és diferent, únic, irrepetible.

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