Crítica: La desaparició de Wendy

Nota: 7 sobre 10

Oriol Broggi se encarga de dirigir la obra “La desaparició de Wendy” de Josep Maria Benet i Jornet en un montaje original, divertido y con elementos escénicos que, en ocasiones, rozan lo exquisito.

La nueva Sala Beckett inaugura su nuevo espacio en Poblenou con esta pieza de metateatro en la que una compañía tiene que representarnos la clásica obra de Peter Pan pero se da cuenta de que la escenografía que hay en escena es de La Cenicienta. ¿Qué hacer? Pues presentar al público un híbrido de ambos cuentos clásicos para hablarnos de la vida del protagonista, encarnado por Xavier Ripoll.

Una obra original, diferente y con un buen trabajo interpretativo

Al inicio de este montaje nos encontramos con que un maestro de ceremonias, encarnado por Joan Anguera, nos presenta la obra que vamos a disfrutar: Peter Pan. En el centro del escenario tenemos un pequeño teatro y, a los costados, podemos ver la vida que hay dentro del camerino donde los actores se maquillan, se cambian de ropa, se preparan vocalmente para su escena… Una puesta escénica brillante que, ya desde el principio, pretende mostrarnos las entrañas de la creación teatral. 

Y este es un tema muy recurrente durante “La desaparició de Wendy”. En muchas ocasiones, la narración debe pararse por alguna intervención de los actores que salen del hilo narrativo, algún fallo inesperado, etc. Todos estos elementos le dan a esta obra una gran frescura y originalidad, además de aportar los momentos más cómicos de la obra ya que podemos ver el típico “ego” de los actores que quieren brillar con sus escenas.

El personaje que, inicialmente, tenía que interpretar a Peter Pan, al final, debe adaptarse para encarnar a La Cenicienta pero, como es un hombre, masculinizan a este personaje y es “El Ventafocs”. Sobre él gira toda la trama narrativa de esta obra de teatro que nos muestra a un hombre-niño que, al igual que Peter Pan, no quiere crecer y quiere quedarse, para siempre, en su mundo de fantasía, de juegos y de ilusión.

Sin embargo, la trama principal de la obra que sería el desengrane de la vida de este personaje, queda apartada en un segundo plano sin que termine de quedar muy claro lo que está sucediendo y si la historia es real o ficción. En este montaje hay un excesivo ruido, en muchos momentos se grita porque sí, se crean conflictos de forma un tanto forzada y se rompe demasiado con la trama haciendo que, al final, el público no sepa exactamente qué está viendo.

Es, pues, una obra un tanto confusa, caótica, en la que, además, meten algunos temas musicales que no tienen demasiado sentido ni por el estilo de música escogido ni por el momento en el que se llevan a cabo. Estas actuaciones también rompen con el hilo argumental haciendo que sea más complicado retomar la historia que se nos está explicando y empatizar, realmente, con el personaje.

Porque el teatro es eso, es espectáculo, pero también es reflexión, es emoción, es humano, Y en “La desaparició de Wendy” de la Sala Beckett nos quedamos con mucho espectáculo, con mucha originalidad, con mucha ironía pero, al final, nos quedamos con poco mensaje, con poca empatía.

A remarcar la excepcional interpretación de Diana Gómez, interpretando a una dulce Wendy, a una chismosa vecina y a una divertida Hada Madrina. Su voz, su dulzura y su naturalidad fueron imponentes. Xavier Ripoll también hace un muy buen trabajo encarnando a un hombre abatido por la vida y que prefiere aislarse para que nadie le haga daño.

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Elia Tabuenca

Filóloga y periodista, amante del mundo de las letras y de la cultura. Directora de la cía de teatro LetrasConVoz.

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