Crítica: Pere Faura: Sweet Tyranny

Nota 10 sobre 10

Con gran seguridad y aplomo, y a modo de vedette, bajó el coreógrafo Pere Faura por el patio de butacas del Mercat de les Flors de Barcelona, hasta llegar al escenario. Una entrada triunfal, que fue seguida de un discurso introductorio sobre la danza, sobre la importancia del número ocho para los bailarines y en la música, en un discurso, que lejos de ser aburrido, fue divertidísimo y pedagógico.

Después, tomó posesión de su personaje, un coreógrafo tirano que esclaviza al público (se ha de ver lo que él quiera) y a los bailarines que lo acompañan, que no son más que títeres, a los cuales paga para que hagan lo que él diga.

Descaro, humor y grandes dosis de sarcasmo derrochadas en  Sweet Tyranny

De esta manera, comienza un análisis coreográfico, visual y musical, a modo de homenaje, de varias películas “kitch” que marcaron su juventud, y que se han adueñado del inconsciente colectivo como: Fiebre del sábado noche, Grease, Streaptease, Flashdance o Dirty Dancing. El análisis es muy divertido, y repasa las secuencias hasta darse cuenta de detalles muy hilarantes.

Es el repaso de unas secuencias que forman parte de su biografía (y la de todos) y que Pere Faura ha repetido incansablemente, hasta sacar todo su jugo. Nos parece un homenaje muy entrañable, incluso se atreven a cantar algunas letras de esas míticas canciones, con traducción incluida.

En la segunda parte, va a arremeter contra el público, haciéndolo participar de una manera divertida y sabia, rescatándolo de su presunta borreguez, pero siempre en un tono entre sarcástico e ingenuo. Simplemente, nos pareció genial.

Tampoco se escapan de su lengua “las industrias culturales”, ni todo el submundo que se mueve detrás de la danza, culpables de la tiranía ejercida sobre los bailarines, que no son más que peones, muchas veces infravalorados y precariamente pagados. Ahí es donde saca su artillería potente: La mítica escena de Mary Poppins, donde los deshollinadores cantan alegres, mientras limpian chimeneas. Blanco y en botella…

Y después de hacer este ejercicio de autocrítica y de defensa de su profesión, en la última parte, llega el momento de la celebración. Un auto-homenaje a modo de rave. Una fiesta, donde los ocho bailarines nos lo dan todo sobre el escenario, una auténtica exhibición de movimientos, todo un “lujazo” que se permite para finalizar.

Destacamos el buen encaje entre la propuesta audiovisual y los bailarines, en una interrelación muy lograda.

Descaro, humor y grandes dosis de sarcasmo derrochadas, en un Mercat de les Flors de Barcelona, que aplaudió a este “dulce tirano” con muchas ganas.

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Ester M. González

Historiadora, apasionada del arte y del diseño gráfico. Yogui por vocación. Me encanta escribir sobre teatro y danza.

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