Crítica: El acalde de Zalamea

Crítica de Nicolás Larruy

Nota: 7.5 sobre 10

La obra de teatro El alcalde de Zalamea llega a Barcelona con un elenco de lujo

Es un lujo poder contar con la presencia de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en Barcelona. Un lujo porque, a pesar de que en su nombre incluye la palabra “Nacional”, es muy caro de ver fuera de Madrid, donde tiene su sede. Los montajes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, justamente porque es Nacional y no Local, deberían poder verse por toda España más a menudo. Hay un público ávido de buen teatro que lo agradecería.

El Alcalde de Zalamea es un texto de sobras conocido de Calderón de la Barca. Para muchos, es un texto que han leído, por lo menos una vez, en su etapa escolar. Otros lo habrán descubierto en otros montajes. Y siempre habrá quien conocerá el título y el autor pero no el texto, y saldrá sorprendido. Porque el texto del Alcalde de Zalamea no deja nunca de sorprender. Juega a varios niveles. Nos presenta el ejército y sus normas, la nobleza y sus normas, los villanos y sus normas, el rey y sus normas, y los hombres y las mujeres y sus normas.

teatro barcelona

Todos estos estratos sociales se van cruzando durante un día en Zalamea. En esta obra de teatro de Barcelona cada personaje se mueve según una idea de honor y de valor. Y todos creen conocer cuál es su lugar en el mundo, cuáles son sus derechos y sus deberes. Pero es un mundo convulso, en el que las convenciones están cambiando, el que los nobles luchan por mantener sus derechos y los villanos por conseguir los suyos. Unos villanos que empiezan a sentirse orgullosos de lo que son. “Es hija mía, y es labradora, que no dama”, dice un altivo Pedro Crespo de su hija, El honor, la percepción que tienen los demás de cada uno, continúa siendo muy importante. El honor es lo que cada uno hace (según su posición y derechos o deberes), lo que defiende, lo que permite…

Pero, el honor mancillado puede ser restaurado “Os pido un honor que me quitasteis vos mismo”, le pide Pedro Crespo al Capitán de Ataide. Le ofrece su hija en matrimonio para reparar el deshonor que el Capitán ha infligido a Isabel. Pero el Capitán lo rechaza. Un noble no puede, no debe casarse con una villana. Para él, es un deshonor. A pesar de que el mundo está cambiando, todavía hay personas que tienen muchos privilegios, heredados durante años y que, aunque no se los merezcan, los quieren mantener a cualquier precio y el Capitán de Ataide no está dispuesto a ceder ni un ápice sus privilegios seculares en favor de un villano. La obra, escrita en el s. XVII, podría estar hablando de nuestra sociedad, de los privilegios, de las prebendas, y de los que no quieren soltarlas a pesar de que no se las merecen.

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En la obra de teatro aparecen los estamentos sociales de la época. Están los nobles, con derecho a todo. Los villanos, con obediencia total, el ejército, con derecho a todo protegido por el noble a su mando… y el Rey. La Iglesia aparece al final, como un apunte, para tratar el futuro de Isabel. El texto, situado en un día y una noche, se va oscureciendo según llega la noche y solo el rey, que aparece como un Deus ex machina, como un sol radiante, puede solucionar y dar justicia real, y casi divina (su aparición, con focos des de atrás, como un aura, así lo indica).

Un vestuario muy bien diseñado que nos recuerda pinturas de Velázquez y Murillo. Unos soldados con uniformes oscuros, maltrechos, remendados, sucios, polvorientos, botas… unos campesinos con ropas holgadas y sombreros de paja (tal vez con las camisas demasiado limpias después de estar trabajando)… Una ropa sencilla para Pedro Crespo y su familia, que son ricos pero son villanos y no olvidan su condición. El decorado, con un pared al fondo y unas gradas laterales, es un espacio multiusos que pasa de ser la plaza del pueblo, al patio de la casa de Pedro Crespo, un desván, el campo, el cuerpo de guardia, la prisión…

La iluminación va siguiendo el día. Un día de sol, con un sol dorado que va hacia la puesta y la noche oscura, para volver a un amanecer que se ilumina con la aparición del Rey. Y la música, muy bien escogida, nos evoca el siglo XVII, tanto por los instrumentos como por las canciones. Pero el uso de la música en el momento del rapto y violación de Isabel nos pareció un recurso muy manido, a pesar de que encaja bien en el montaje.

Este espectáculo es un buen montaje que, en algunos momentos, nos deja un mal sabor de boca. Un texto para declamar en voz alta pero que, en algunos momentos, no llegaba al público y se hacía difícil entender lo que se estaba diciendo en el escenario. Un texto en verso, en un escenario grande, con una platea grande pide a gritos una buena declamación. Y destacamos a:

  • Carmelo Gómez que es un gran Pedro Crespo. Recita con oficio y talento. Imprime emoción y fuerza a los versos de Calderón. Es un personaje que crece con la obra. Pasa de villano obediente a persona con derechos, y obligaciones. Se convierte en un noble por ser quien es, no por descender de la nobleza. Una gran interpretación de principio a fin, con un recitado claro y limpio, que nos hacía llegar cada palabra y su emoción.
  • Nuria Gallardo que es Isabel. Una mujer que reivindica su derecho a decidir qué quiere hacer con su futuro, con su honor que vincula al honor de su padre, de la familia. Su personaje evoluciona con el día: pasa de la luz brillante a la oscuridad de la noche.
  • Álvaro de Juan es Nuño, un personaje que nos recuerda mucho al Lazarillo, al servicio de un hidalgo que solo tiene su honor y su nombre, y una casa vacía heredada. Un criado que solo piensa en llenar su estómago.
  • Joaquín Notario que es Don Lope de Figueroa. Un noble que tiene que hacer el papel de bisagra entre Pedro Crespo y el Capitán de Ataide. Un papel difícil que le obliga a utilizar todas sus dotes diplomáticas y a descubrir que, a veces, hay más honor en un villano que en los nobles a los que ya se les presupone.

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El resto de actores Blanca Agudo, Pedro Almagro, Francesco Carril, Rafa Castejón, José Carlos Cuevas, Alba Enríquez, Alberto Ferrero, David Lorente, Jesús Noguero, Egoitz Sánchez, Clara Sanchis, Jorge Vicedo, Karol Wisniewski, Óscar Zafra, defienden su papel pero en algunos casos su forma de decir el verso quedaba borrosa.

Por otro lado, la mayoría de actores se han acomodado al “yeísmo” que está invadiendo la lengua castellana. Un “yeísmo” que no existía en época de Calderón de la Barca. Oír “aqueya”, en lugar de “aquella”, “ayí”, en lugar de “allí”, “cabayero” en lugar de “caballero”… o “dja” en lugar de ya”… nos pareció que era una forma descuidada, dejada y lasa de decir el verso. Que en castellano coloquial mucha gente se pase al “yeísmo” no es excusa para que los actores de la Compañía Nacional de Teatro Clásico también lo adopten. Ellos, que trabajan con el idioma como una de sus herramientas principales, deberían ser los primeros en cuidarlo.

Esperamos que la Compañía Nacional de Teatro Clásico continúe con la política de enviar sus montajes por el país, haciendo hincapié en el adjetivo “NACIONAL” que lleva en su nombre, y dejemos de ser sólo “provincias” (como hace unos cuantos años).

El Alcalde de Zalamea es un buen montaje, basado en un buen texto, que vale la pena revisitar.


 

Elia Tabuenca

Filóloga y periodista, amante del mundo de las letras y de la cultura. Directora de la cía de teatro LetrasConVoz.

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